"Eligió el dinero en lugar del poder, un error que en este pueblo
casi todos cometen. Dinero es la mac-mansión en Sarasota que empieza a caerse a
pedazos luego de 10 años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos"
La frase que encabeza este texto está sacada de House of Cards, una fabulosa serie en la que se narra cómo su protagonista, Frank Underwood, un hombre de inagotable ambición, va realizando aquello que es necesario para llegar al poder, a la presidencia de los Estados Unidos.
Lo que llama la atención del personaje interpretado por Kevin Spacey es el fondo de esa aspiración: Underwood no pretende el puesto de "hombre más poderoso del mundo libre" para lograr la paz en el mundo, tener riquezas o favorecer a sus amigos. Simplemente quiere el poder, como fin en sí mismo, y no como el medio a partir del cual desarrollar el cambio.
En estos últimos días se han delimitado los candidatos que aspiraran a ser aupados como Secretario General del PSOE en el próximo mes de julio en un Congreso extraordinario. Eduardo Madina y Pedro Sánchez competirán por tal "honor" en una batalla que sin duda tendrá mucho de aquello que se representa de forma exagerada en House of Cards: engaños, manipulaciones, negociaciones, todo lo que sea necesario para ganar, como hiciera Pepe Blanco hace ya catorce años.
¿Pero qué es lo que viene después? ¿Qué debemos esperar tras el Congreso extraordinario?
Habrá muchos que apelen a que el cambio es posible, a que una nueva forma de hacer política va a surgir, a que el cambio generacional garantiza la transformación de unas estructuras políticas anquilosadas que han llevado a España -y en la misma medida, a Europa- a un abismo de consecuencias aún impredecibles que, pese a los buenos datos económicos que gobiernos prometen con tesón, se acentúa día a día ahondando más en un fondo aterrador.
Habrá muchos que apelen a que el cambio es posible, a que una nueva forma de hacer política va a surgir, a que el cambio generacional garantiza la transformación de unas estructuras políticas anquilosadas que han llevado a España -y en la misma medida, a Europa- a un abismo de consecuencias aún impredecibles que, pese a los buenos datos económicos que gobiernos prometen con tesón, se acentúa día a día ahondando más en un fondo aterrador.
No me cabe duda de que está será la línea que seguirá el próximo líder del Partido Socialista, la de una renovación teórica abocada a la colisión con una realidad social que ha dejado de creer en las falsas promesas para encomendarse a la esperanza, a la ilusión.
Dicen los dos candidatos que con ellos llega el "cambio", "un shock de modernidad". Sin embargo, sus mensajes son vacíos, palabras vacuas de las que se desprende tan sólo un único cambio, una única aspiración: con ellos el PSOE volverá a triunfar en los envites electorales.
El poder por el poder, el poder como un fin: el apetito del ser humano no conoce límites, la satisfacción que supone triunfar en una batalla electoral es incalculable, pero la sociedad está cansada de la vieja política, de unos representantes que rinden cuentas ante su partido y no ante la sociedad.
Es tiempo de nueva política, de mensajes con contenido y de que el poder no sea un fin en sí mismo, sino un medio para transformar la sociedad.
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